El patio

Con el verano, la luz, los cielos límpidos y la brisa marina que nos acaricia hay como una isobara emocional que tiende hacia la alegría y felicidad. Los espacios abiertos, los cambios en las rutinas, hacen cambiar la perspectiva. Pero en el patio en el que pasan el día y la vida algunos de los niños y padres con los que trabajo, el horizonte sigue siendo el mismo que en el resto del año: cuatro torres de pisos de protección oficial que le delimitan, dos puertas rotas, basura acumulada por el suelo, gritos anónimos provenientes de los balcones y televisores con el volúmen muy alto. Los días, las estaciones y los años se suceden asépticamente, no hay hojas en el suelo en otoño, ni brisa marina en verano, la primavera pasa desapercibida porque no hay flores ni pájaros que la anuncien. El patio no cambia, es imperturbable.
Salen de sus casas para relacionarse en el patio, y la falta de variaciones, de horizontes, de estaciones hace que sus conversaciones adolezcan de matices y sean por lo general, rudas, pétreas, inflexibles: acero y plomo en la vida, hormigón y cemento en el patio. Tengo que procurar que mi despacho no sea una continuación de ese patio.